LA INFANCIA CONDENADA

By | 2018/11/13

LA INFANCIA CONDENADA: Dos mil trescientos niños y niñas van en la caravana de migrantes que salió de Honduras -y de otros países de Centroamérica- hace casi un mes y que recorre México para llegar a Estados Unidos: algunos son bebés, otros caminan al lado de sus padres; seguramente, les han dicho que van a encontrar un lugar mejor para vivir

La infancia condenada

Uno de los cuentos más tristes de mi infancia es La cerillera de Andersen, la historia de una niña que muere en la calle, tratando de calentarse con los fósforos que debía vender… La pena infinita que sentíamos por la pequeña vendedora era la misma que nos producían, ya en la adolescencia, los niños de las novelas de Charles Dickens y de Víctor Hugo; no éramos conscientes entonces de que tanto uno como otro habían sufrido en carne propia el abandono y la pobreza; que el autor inglés denuncia la explotación que él, como muchos otros niños, sufrió en la Inglaterra de la Revolución Industrial y que Víctor Hugo reivindica en su obra la defensa de los oprimidos y la lucha contra la miseria… Sin saber explicarnos las causas, sabíamos que había un mundo de desdichas donde vivían la pequeña cerillera, la desgraciada Cosette de Los miserables, Oliver Twist y los protagonistas de Grandes Esperanzas, pero nos consolábamos pensando que esos personajes pertenecían a un mundo lejano -no solo en el espacio, sino también en el tiempo- y, aunque en los años sesenta mis amigas y yo no vivíamos en el país de Jauja, nos sentíamos protegidas y seguras en nuestra casa, que no tenía lujos pero sí el calor de la lumbre y de los besos, una mesa suficiente y palabras cariñosas.

Tampoco sabíamos que en aquellos años ya había aprobado la ONU la Declaración de los Derechos del Niño -fue en mil novecientos cincuenta y nueve, aunque existía la Declaración de Ginebra de mil novecientos veinte y cuatro- que tenía como objetivo proteger a la infancia para que no se repitieran las situaciones de explotación y esclavitud infantil que aparecían en las obras de los autores citados del siglo XIX. Sin embargo, muchos años después, Ernesto Cardenal nos dice, como antes Charles Dickens, que hay niños esclavos en el Congo que extraen coltán, un mineral utilizado en la fabricación de teléfonos móviles, y muchos de ellos mueren por el polvo del mineral o porque se derrumba el túnel donde están trabajando y donde pueden penetrar ellos con sus pequeños cuerpos de siete a diez años. Y éste es solo un ejemplo de las condiciones inhumanas en las que viven muchos niños y niñas en muchos lugares del mundo; algunos se asoman trágicamente a las páginas de un periódico o a las redes sociales como el sirio Ayland Kurdi, de tres años, ahogado en una playa de Turquía, el tres de septiembre de dos mil quince, o el subsahariano de seis años, encontrado muerto en una playa de Cádiz en enero de dos mil diecisiete, y son noticia unos días, pero el eco de la tragedia se acalla con nuevos asuntos, con nuevos escándalos, con nuevos rumores y quedan en un nombre, un número, un grito de angustia y de impotencia… Hay niños y niñas que viven las consecuencias trágicas de la guerra en sus cuerpos mutilados, en el terror de sus ojos, en los traumas que arrastrarán quizás para siempre y hay también miles de niños y niñas que se desplazan de un lugar a otro, huyendo de la violencia, de la pobreza, de un matrimonio impuesto; algunos viajan solos; otros, han perdido a su familia en la travesía o son separadas de ella por la fuerza y otros, no llegan nunca a su destino.

De los que han dejado atrás su tierra, dos mil trescientos niños y niñas van en la caravana de migrantes que salió de Honduras -y de otros países de Centroamérica- hace casi un mes y que recorre México para llegar a Estados Unidos: algunos son bebés, otros caminan al lado de sus padres; seguramente, les han dicho que van a encontrar un lugar mejor para vivir, pero no pueden decirles que tendrán que soportar un viaje duro y la hostilidad con la que se recibe a los pobres. Y, sin embargo, esos niños y niñas son sujetos de derechos y tienen que ser cuidados y protegidos y amados, no solo por sus padres, sino por toda la sociedad que debe ver en ellos una promesa de futuro. Porque son hijos de la vida, como dice Fanny Rubio en una de sus novelas y es la vida la que tiene que acogerlos… Pero sentimos con indignación que la vida es vida capitalista y sabemos que, para proteger sus intereses, el capitalismo no duda en convertir en papel mojado los derechos de esos niños y niñas que nos miran desde la pantalla del televisor con sus ojos asombrados.

https://www.ideal.es/jaen/jaen/infancia-condenada-20181111221801-nt.html

 

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