ÁCIDO ACÉTICO

By | 2020/07/06

Siempre asocié a la época de la fotografía analógica con ése olor del ácido acético del “detenedor” que al finalizar de hacer las copias de las fotos me quedaba impregnado en la ropa y que por un tiempo también contaminaba mi sentido del olfato.

El “cuarto oscuro” de mi adolescencia estaba instalado en una de las esquinas del garaje de la casa de mis viejos en el que por la noche entraba, prendía una lámpara, la oscuridad se iluminaba roja y el espacio se transformaba en un laboratorio fotográfico: un rincón en el que sucedería el acto mágico de aparecer sin premura y sobre el papel sensible la imagen deseada. Así transcurrirían varias horas en las que iba a desarrollar una serie de pasos combinando  artesanía y creatividad.

El proceso comenzaba en la “ampliadora” con la cual proyectaba el negativo sobre la emulsión del papel fotográfico para luego sumergir la hoja en tres cubetas respectivamente que contenían el líquido revelador, el detenedor y el fijador. El acto mágico al que me referí en el primer párrafo era el de ver asomarse dentro de la cubeta del revelador ¡por primera vez! , ¡y en blanco y negro! la fotografía que había sacado días atrás. 

…un rincón en el que sucedería el acto mágico

de aparecer sin premura y sobre el papel sensible

la imagen deseada.

El proceso de revelado digital no precisa de cubetas porque nos provee de “capas” que aplicamos sobre la foto para embellecerla y a la vez esconder sus defectos, recortar lo que creemos está sobrando para finalmente encontrarnos ante una imagen fotográfica tras la que se oculta la foto (la verdad) original con todos sus defectos, aciertos y cualidades. Y de los tiempos analógicos solo extraño el silencio y la soledad que me ofrecía el “cuarto oscuro”.

Este proceso es lo más parecido a un juego. Refiriéndose al proceso creador Freud  lo comparaba con la acción infantil de jugar: “La ocupación preferida y más intensa del niño es el juego. ¿Acaso tendríamos derecho a decir: todo niño que juega se comporta como un poeta?,  pues se crea un mundo propio, o mejor dicho, inserta las cosas de su mundo en un nuevo orden que le agrada. Además, sería injusto suponer que no toma en serio ese mundo; al contrario, toma muy en serio su juego, emplea en él grandes montos de afecto. Lo opuesto al juego no es la seriedad, sino… la realidad efectiva.”

El presente de la fotografía me facilita acceder a recursos técnicos digitales y son otros los placeres que me prodigan como por ejemplo no tener que disponer de dinero para comprar

papeles sensibles y químicos, gozar de la posibilidad de transferir inmediatamente las fotos sacadas a la computadora e inmediatamente comenzar a “revelarlas”.

Es potente la posibilidad que las herramientas digitales nos otorgan para recrear las imágenes. Pero también es importante la exigencia que dedicamos al momento de obturar la cámara. En las fotos del gran fotógrafo francés Cartier Bresson siempre estaba presente su pasión por la negativa a retocar los encuadres de sus fotografías que por supuesto eran excelentes y también lo eran los parámetros técnicos con que sabía ajustar su cámara “Leica” que el calificaba como “la prolongación óptica de mi ojo”. Peter Galassi (escritor e historiador de arte estadounidense) afirmaba que “Las fotografías transforman aquello que describen”.



[1] Henry Cartier Bresson.1908-2004, fue un célebre fotógrafo francés considerado por muchos el padre del fotorreportaje. Para algunos, Cartier Bresson es una figura mítica en la fotografía del siglo XX; uno de sus biógrafos, Pierre Assouline, lo ha llamado «el ojo del siglo».

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